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La memoria audiovisual de Auschwitz

Hola amig@s, este post me gustaría dedicarlo a recordar que en el día de hoy, 27 de enero de 2019, se cumplen 74 años desde que el Ejército Soviético libera el campo de concentración nazi de Auschwitz. Y es que ya lo decía Marco Tulio Cicerón: “El cultivo de la memoria es tan necesario como el alimento para el cuerpo”. Aunque algunos se empeñan en borrarla cada día, a través de sus discursos banos, frívolos, triviales y huecos, pero no es ningún secreto que “La memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados” (Jean Paul).

No hace falta describir con niveles minuciosos de detalle qué se hacía en cada uno de esos tenebrosos campos, pues la Historia de la Humanidad se ha encargado de transmitirnos, en líneas generales, todas las barbaridades que pasaban por la cabeza de aquellas aberraciones de la naturaleza. Aquellas aberraciones que fueron capaces de perpetrar de forma vil y rastrera crímenes de lesa humanidad, y que todavía ponen en duda muchos revisionistas de la historia, pero que dejaron si no miles, millones, de víctimas, tanto física, psicológica y emocionalmente (difícilmente cuantificables en realidad). Y construyeron estos campos por doquier, por allá por donde pasaban, tanto en Alemania, Polonia, Rumanía, Italia…

Realmente quienes no estábamos allí, no conocemos de primera mano el día a día que fluctuaba por aquellos “campos de la muerte”, a los que se llegaba en trenes que tenían el beneplácito de la Iglesia Católica y en los cuales se asesinaba, se experimentaba y se explotaba a seres humanos a través de múltiples técnicas despreciables y miserables. A día de hoy, igual a algunas personas les puede resultar complejo empatizar e incluso pueden llegar a justificar ciertas actuaciones. Otros prefieren olvidar lo que hace daño. Si bien sigue haciendo daño lo que no se ha terminado de curar.  No obstante, algunos han sobrevivido para contarlo, para dar fe de ello, para intentar denunciar y ser reconocidos por el sufrimiento que unos líderes abominables les hicieron padecer, simplemente por diferencias ideológicas, políticas o raciales.

Muchos documentos textuales y audiovisuales lo atestiguan y muchas producciones cinematográficas presentan perspectivas que toman testimonios orales y experiencias de vida para intentar estremecernos y ponernos en la piel de quienes fueron testigos de esta crueldad. Ejemplos de ello pueden ser: “El niño con el pijama de rayas” (Mark Herman, 2008), “Tras el cristal” (Agustí Villaronga, 1986), la bien conocida “Lista de Schindler” (Steven Spielberg, 1993), “El último tren a Auschwitz” (Joseph Vilsmaier y Dana Vávrová, 2006), “Amén” (Costa-Gavras, 2002) e “Hijos de un mismo Dios” (Yurek Bogayevicz, 2001).

Ante toda esta vorágine de experiencias dolorosas de supervivencia, conviene tener en cuenta que algunas que otras mujeres se envalentonaron en aquel contexto para intentar contribuir con un poco de ayuda. Y una de estas mujeres fue la polaca Irena Sendler (1910-2008), quien arriesgó su vida en la Varsovia ocupada por los nazis para salvar de la muerte a 2.500 niños judíos, fallecida a la edad de 98 años. Sus testimonios se recogen en una emocinante obra titulada “La madre de los niños del Holocausto” (Anne Miesxkowska, 2008).

Si bien es cierto, desde el punto de vista económico y social, hay quienes piensan vagamente que “la memoria no da de comer” o “la memoria no quita a la gente del paro”. Pero lo cierto es que “un pueblo que no recuerda su historia está condenado a repetirla”. Como bien comentaba un profesor que me impartió clase: el pasado es lo único que podemos cambiar, intentando comprenderlo, dando respuestas a incógnitas, porque el presente es efímero, se va, no da tiempo a atraparlo y el futuro quién sabe lo que nos depara si no conocemos nuestro pasado.

Y finalmente comparto con vosotros algunos documentos audiovisuales que ponen de manifiesto las aterradoras experiencias vividas en aquellos campos. Aunque me gustaría recomendaros Shoah, un documental francés dirigido por el realizador Claude Lanzmann, estrenado en el año 1985 y con una duración de alrededor de 10 horas. Este filme de Lanzmann es un documental de historia oral, filmado en alrededor de 10 años en distintos continentes. Se compone de testimonios en primera persona: víctimas, testigos y verdugos del exterminio de las comunidades judías durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

Y con esto doy por terminado el post: el dolor duele a todos, pero forma parte de la vida y nos hace madurar como seres humanos. Un saludo, amig@s.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La dignidad humana en los fascismos

El concepto de dignidad humana se origina de la antigüedad griega, enriqueciendo su significado y alcance a lo largo de la historia, pasando de un concepto vinculado a la posición social, a expresar la capacidad moral de las personas, constituyéndose en un fundamento de los derechos humanos [1]. Durante la etapa clásica no se reconocía el mismo valor jurídico a todos los seres humanos, ni todos los ciudadanos poseían los mismos derechos. Los amos gobernaban a los seres más desvalidos, como es el caso de las mujeres, los niños y los esclavos, quienes se veían sometidos a la voluntad de sus dueños o señores, los únicos que podía disfrutar de derechos civiles y grados de dignidad [2].

La dignidad humana conlleva una obligación de respeto que descarta el tratar a los demás como objetos, además de las relaciones de dominación [3]. Es este respeto hacia el ser humano, el que no apreciamos en algunas producciones basadas en las etapas de auge de la dictadura franquista en España y el nazismo en Alemania. Caracterizadas, sobre todo, por el uso de la violencia.

Un informe de la OMS titulado World Report on Violence and Health [4], expresa que la violencia es el uso de la fuerza, el poder, contra sí mismo, otra persona o comunidad, que produzca lesiones, muerte, daños, privaciones o trastornos de algún tipo. En este sentido, nos encontraríamos con odios prototípicos [5], que vienen a ser odios públicos o políticos y se parecen a los odios indeterminados, ya que conducen al rechazo hacia tipos de personas.

El caso de los fascismos español y alemán era caracterizado por el rechazo a los considerados “inútiles” para el sistema, entre los que se incluirían los republicanos, y éstos a su vez rechazaban a los fascistas; a las personas de otras razas que no fueran la blanca; los pertenecientes a otras religiones, como los judíos, musulmanes; los enfermos; los homosexuales. Además de, no el odio específicamente, pero la consideración de inferioridad de las mujeres, a quienes encomendaban la labor de casarse y ser sumisa al sexo masculino. Y, en general, aquellos ciudadanos que no defendiesen la ideología con la que pretendían adoctrinar a la sociedad, ya que eran designados “traidores de la patria”, un delito tipificado con penas de prisión o de muerte.

Entre los medios a través de los cuales los “inútiles” o “traidores de la patria” intentaban sobrevivir tenemos: el estraperlo, la prostitución, el sometimiento a formar parte de la doctrina nacional católica a pesar de estar en contra, ofrecimiento para trabajar para las grandes fortunas y así garantizarse un sustento, obedecer órdenes de las autoridades políticas y civiles. Además de una práctica para favorecer a estas grandes familias que no tenían posibilidades de garantizar descendencia: la compra de bebés, arrebatados a sus madres apenas llegaban al mundo. Ignorando la dignidad de esas madres y las de los niños, que crecerían entre mentiras. Creyéndose, unas hermanas de la caridad, con derecho a vender un niño sano y creer el hecho de estar haciendo “una buena obra”.

El estraperlo formaba parte de estos períodos críticos de fascismos. En paralelo a los precios oficiales, se generó un mercado al margen de estos, lo que daría lugar a unos entornos de desorden, ilegalidad, miseria, al mismo tiempo que la resistencia y represión. Algunos hicieron de este fenómeno un medio para enriquecerse, mientras que la mayoría recurrió a él para garantizarse un sustento [6], debiendo abandonar su honor, su “dignidad”, para satisfacer las necesidades más básicas, llevando a cabo actividades de todo tipo, ya fuere este estraperlo, como la prostitución. Sin embargo, el poder toleraba cuando este mercado era desarrollado por sus adeptos, mientras que reprimía si era practicado por los grupos más humildes, esas  clases sociales a las que no prestaba interés para construir su proyecto político. Este mercado negro constituyó un instrumento para garantizar la continuidad del régimen: por un lado, complacía a sus apoyos sociales que les prestarían su apoyo, y por otro, quebrantaba a las clases sociales más humildes, identificadas con un pasado comunista [7].

Comenta Kant [8], en su Metafísica de las costumbres, que la dignidad es un derecho y un deber de todo individuo, como miembro de la humanidad. Un valor intrínseco del ser humano, que le otorga derecho a no ser instrumentalizado ni despreciado. El desprecio consiste en atribuir a algo carencia de valor y es este ultraje y humillación el que padecían los considerados inferiores, por no defender unos ideales afines. Sin embargo, puede considerarse desprecio o bien, amor a la vida humana, la compra de bebés en ambos puntos geográficos dictatoriales. Compra y venta, tras las que hemos descubierto que existió todo un entramado de personas que prestaban su conformidad con la venta de la vida humana, como si de un producto de consumo se tratase. Sin embargo, consista en un acto de amor o de desprecio, en Alemania irrumpen voces sobre el caso de los niños fecundados o apropiados por la institución Lebensborn, creada por Himmler durante el Tercer Reich, con el objetivo de facilitar y controlar el nacimiento y la posterior educación de niños arios, engendrados por mujeres seleccionadas para este fin y oficiales de la SS. Para este propósito, se crearon una serie de granjas, en países ocupados, como Noruega, donde nació la escritora Gisela Heidenreich, quien desde 2002 hasta 2011 ha presentado varias novelas en las que relata su traumático pasado y donde encontramos también sus investigaciones sobre los silencios de su familia acerca de su origen y las mentiras con las que creció. Estos niños eran adjudicados a familias, con certificados falsos. Los niños descartados eran enviados a campos de concentración infantiles (Kalish, Dzierzazna y Litzmannstadi) o bien a campos de exterminio. Hace unos años, sale a la luz un trabajo publicado en 2012, titulado Niños robados y adopciones forzadas, su presencia en la memoria colectiva en España y Alemania (Arno Gimber y José Manuel Rodriguez), en el cual los autores comparan las acciones del franquismo con las llevadas a cabo por la República Democrática Alemana para castigar a ciudadanos disidentes [9].

Del mismo modo que la condena de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa a España, en marzo de 2006, a causa de la dictadura fascista. Condena que, supuso un reconocimiento internacional al caso de los niños desaparecidos del franquismo. Retenidos a madres republicanas o solteras, para entregárselos en adopción a familias defensoras del régimen a cambio de una retribución monetaria. Menores, que, en la actualidad ya son adultos, que desconocen su verdadera identidad, y están siendo buscados por familiares, a través de asociaciones y plataformas de colaboración, ya que resulta patente el olvido por parte de las Administraciones del Estado, para cumplir la obligación de reparación e indemnización por los daños ocasionados. A diferencia de Alemania, que ha llevado a los tribunales a los últimos desertores nazis hasta hace pocos años [10].

En principio podríamos comentar la serie Sin identidad, en la que una chica de 27 años tiene conocimiento que es adoptada en una visita rutinaria a la ginecóloga y ésta le comenta los problemas de su madre, que tuvieron que operarla dos años antes de su nacimiento, tras lo que no podía quedar embarazada. Hecho que no le cuadra y llega a la conclusión que fue adoptada. Acude a su padre a pedir explicaciones y le pregunta por qué no se lo dijeron, a lo que él responde: “Y, eso, ¿qué importancia tiene?”. A lo que la chica vuelve a preguntar: “¿Tan denigrante fue mi nacimiento como para tener que ocultármelo toda la vida?”.  Creyéndose con autoridad para no proporcionarle la información de sus padres biológicos.

Entre las producciones que vamos a pasar a comentar, se encuentran, en principio, La voz dormida (Benito Zambrano, 2011), donde apreciamos que las hermanas que bautizan a los niños nacidos en el pabellón de madres, son las encargadas de controlar que las prisioneras obedezcan la palabra del señor y quien no siga ese camino, será agredida, vejada e insultada. Como a una mujer, a quien una de las monjas grita “roja sacrílega, que no te mereces ni el aire que respiras”, obligándola a besar una figura de Dios en la que no cree. Más que prestarles un servicio, observamos un adoctrinamiento forzado. Escena que terminará con la figura en el suelo, rota, y varias monjas y encargadas agreden a esta mujer con una porra, mientras le expresa “puta, vas a arder en el infierno eternamente, con todos los de tu calaña”. Sacan a la mujer del salón y dirigiéndose a todas las demás, la monja les expresa “en este país no habrá paz hasta que todos los rojos estén en la cárcel o muertos”. Finalmente, una de las encargadas que agredió a esta mujer, le entrega a Pepita el certificado de bautismo de su sobrina. Somos testigos de las humillaciones a la vida humana, pero tras el nacimiento se procede al bautismo del bebé, para que comiencen una formación como “buen cristiano”. Ignorando si los familiares tienen esa creencia o si desean iniciar a un bebé en la religión católica. Mientras que se cumple el mandamiento “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, se incumple el relativo a “No matarás”, ya que todas las encerradas terminarán asesinadas a manos de los oficiales. No obstante, una de las encargadas, con algo de humanidad, deja que Hortensia abrace a su bebé hasta el momento de su fusilamiento.

Por estas y otras actuaciones, comprobamos que el amor a Dios es superior al de la vida humana, la cual no tiene precio si no profesan la creencia que imponen, por lo que su dignidad e integridad física parece importarles muy poco. Por tanto, consideraban necesario ultrajar a las prisioneras, forzándolas a realizar actos que no deseaban, porque, lo importante para ellas no era la voluntad o el deseo de los seres humanos, sino imponer la doctrina nacional católica, ya que, a su vez, era impuesto por su superior.

También, podemos hablar de Silencio roto (Montxo Armendáriz, 2004), en la que el teniente de la Guardia Civil obliga a un niño, Juan, a cavar una fosa, con una azada, en la que piensan enterrar a su padre. Expresándole que lo deberá hacer cada día, al salir del colegio, hasta que encuentren a su padre, que no va a tardar en caer. Momento que apreciamos varias veces durante la historia y que al final servirá para enterrar a algunos miembros de la familia, pero no a su padre, que permanecerá con su lucha en el monte. De la misma forma que se desprecia la vida de estas personas, se desprecia su muerte, ya que cualquier lugar les parece normal colocar o introducir los cuerpos de quienes no consideran de interés para la sociedad, como vemos también cuando alguien yace muerto bajo una manta, en un lugar cercano a las dependencias de la Guardia Civil. No conocemos quién es, pero a nadie le importa tampoco, los rostros, los nombres y apellidos, nada que esté relacionado con los antifascistas parece tener valor para los defensores de la dictadura franquista. Son sus objetos, a través de los cuales conseguir su objetivo: imponer la voluntad del dictador, para así terminar con cualquiera que no obedeciese el orden nacional católico.

Como observamos igualmente en El laberinto del Fauno (Guillermo del Toro, 2006), que se repudia a las víctimas del franquismo, por motivos de religión e ideologías, que alejan a las personas. Al comienzo de esta historia, una voz nos relata la huida de una princesa de un mundo subterráneo y por un momento apreciamos unas imágenes de unas vértebras abandonadas, ubicadas en las ruinas de Belchite [11], de forma cruel e inhumana. De la misma manera en que fueron enterrados los cuerpos de las víctimas de la Guerra Civil y posterior dictadura, en fosas comunes, sin merecimiento, por parte de las autoridades, de una dignidad o respeto, porque según su opinión, ese mérito solo lo podía disfrutar los vencedores. Hacia el final de la historia, el oficial del ejército franquista, el marido de Carmen, le expresa al médico que si tiene que escoger, salve al bebé. Ha cuidado a mujer durante su embarazo, forzándola a moverse en silla de ruedas, solo para proteger al niño que llevaba en su interior. Sintiéndose con autoridad para proponer, más adelante, la muerte de uno u otro. Aunque, al descubrir las acciones del doctor, que ha estado ayudando a los republicanos en el monte, procede a quitarle la vida, antes del alumbramiento. De igual forma que, con un tiro, termina con la existencia de Ofelia. Una criatura que no ha tenido culpa de ningún hecho en esa España de dolor y sufrimiento. Ha vivido alejada de odios, rencores o conocimiento de vencedores y vencidos. Simplemente se dejó llevar por su imaginación infantil, como forma de escape de ese mundo de  resentimiento y enemistad causados por las ideologías o repulsiones a determinados colectivos sociales. De la misma manera que podemos apreciar en La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) cuando el cuerpo de una niña con chaqueta roja es trasladado en una carreta, entre escombros, por prisioneros de los campos, obviando que se trata de una niña de corta edad, ajena a las ideologías extremistas, cuyo único objetivo es protegerse de la contienda.

Extremismos como el de el maestro Enning, en la película Alemania, año cero (Roberto Rossellini, 1948), cuando, tras la Guerra, influye a Edmund, expresándole que los inútiles y enfermos son una carga para el sistema, ya que solo los fuertes vencerán. Siguiendo esta idea, el niño envenena a su padre, y mientras se produce la agonía, no puede mirarlo a los ojos, baja su mirada, ya que no encuentra la valentía para hacerlo. Tras el fallecimiento, los residentes del condominio se plantean qué hacer con el cadáver, si quitarle la ropa o introducirlo en un saco, para sacarlo del lugar. Tras la destrucción de las infraestructuras urbanas durante la II Guerra Mundial, se ha provocado también la pérdida de humanidad y respeto al cuerpo recién fallecido de una persona, que pretenden introducirla en un saco, como si de un objeto se tratase. O quitarle la ropa, para quedársela entre todos, ante la ausencia de recursos para sobrevivir, y con la que podrían obtener algo de dinero para comprar en el mercado negro. Finalmente, el niño se dejará caer por unas ruinas, bajo las que yacerá sin su familia, que no estuvo ahí para educarle en valores de tolerancia y respeto. No les proporcionaron esa confianza, para poder revelarles las ideas que el maestro le estaba enseñando y poder corregirlas. Lo vivió en silencio, hasta que no pudo con esa carga sobre su conciencia y decidió salir de ese mundo de la caridad, la ignominia y degradación humana. Sin embargo, a diferencia de los casos anteriores, a Edmund no le quitaron la vida por odios e ideologías, sino que prefirió desaparecer por voluntad propia, por negarse a pertenecer a ese mundo. Decisión, tal vez, influida por las acciones recomendadas por otros, pero con la que reflexionó sobre cómo reparar un daño atroz. Quizás, después de asesinar a su propio padre, algo surgió en su interior, para descubrir que no podía vivir con dignidad con ese acto en su conciencia. A su corta edad, asumió su culpa, a diferencia de aquellos adultos, que asesinaron a cientos de personas, por adorar a una persona que les imponía una doctrina, como tenemos en El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008), en la que alguien con la cara cubierta les lanza los polvos con los que van a ser exterminados. Varios planos consecutivos recogen esa frialdad con la que el oficial terminará con sus vidas y los ojos de sorpresa de Bruno durante ese instante. O Amén (Constantin Costa-Gavras, 2002 ),  donde se planeaba el asesinato de miles de personas, gaseados en las cámaras de gas de los campos, donde llegaban en trenes, a ser explotados a trabajar o a morir directamente. Fueran niños, mujeres, enfermos…, con médicos, que experimentaban con ellos, o monjas que eran testigos de todo por estar de acuerdo con el sistema o, quizás, forzadas a ello. A pesar de que religiosos llegaban al Vaticano a informar de lo que sus ojos habían visto y eran ignorados.

Hasta aquí, espero haber movido un poco la reflexión acerca del concepto de dignidad humana y el uso que se le hace al mismo por parte de los diferentes sectores de la sociedad en las películas mencionadas, basadas en la etapa histórica de su apogeo. Algunas de las producciones mencionadas son basadas en aquellos contextos, realizadas años después, aunque Alemania, año cero (Roberto Rossellini), 1948 se rodó en los escenarios originales, de Alemania, destruidos por la II Guerra Mundial. Conflicto, que provocó esta destrucción tanto a nivel de infraestructuras materiales de un país, como a nivel de la moralidad y dignidad humanas.

Referencias:

1. Martínez Bullé-Goyri, Victor M. Reflexiones sobre la dignidad humana en la actualidad. Biblioteca jurídica  virtual del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM,  nº 136, 2013, p. 39.

2. Boladeras, Margarita. Vida, vida humana, vida digna. LOGOS. Anales del Seminario de Metafísica. Vol. 40 (2007), p. 105.

3. Pereira-Menaut, Antonio-Carlos y Pereira Sáez, Carolina.  De nuevo sobre la dignidad humana. Cuadernos de Bioética XXV 2014, 2ª, p.   p. 241.

4. Colina, Carlos. Las paradojas del odio. Razón y palabra, nº 71. (2010).

5. Op. cit. Colina, Carlos.

6. GÓMEZ OLIVER, Miguel., y DEL ARCO BLANCO, Miguel Ángel. El estraperlo: forma de resistencia y arma de represión en el primer franquismo.  Ediciones Universidad de Salamanca, nº 23, 2005, p. 181.

7. Op. cit., GÓMEZ OLIVER, Miguel., y DEL ARCO BLANCO, Miguel Ángel, p.199.

8. Op. cit., Boladeras, Margarita, pp. 106-107.

9. Wamba Gaviña, Graciela. Discursos de la memoria, holocausto y apropiación de hijos, nazismo y dictadura en Argentina. Puertas Abiertas (7). 2011, En Memoria Académica. En Memoria Académica. Disponible en: http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.5732/pr.5732.pdf

10. Rodríguez Arias, Miguel Ángel. 2008, El Caso de los Niños Perdidos del Franquismo. Crimen Contra la Humanidad, Tirant lo Blanch, España. En: http://dialnet.unirioja.es/servlet/libro?codigo=336874

11. Nicolás Messeguer, Manuel. Criaturas de la guerra. Memorias traumáticas de la Guerra Civil en el cine español contemporáneo. Aletria, nº 2,  v. 23, 2013, p. 53. Según indica este autor en la publicación.

Tras el cristal (Agustí Villaronga, 1987).

A continuación voy a comentar una película no apta para quien tenga gran sensibilidad a las imágenes violentas, como es mi caso, pero me enfrenté a ella, porque es de la trayectoria de un director que estudio para mi tesis, Agustí Villaronga, caracterizado por introducir a menores en contextos traumáticos y violentos.

La película que nos ocupa se titula Tras el cristal, del año 1987 y trata sobre las crueldades cometidas por un médico en los campos de concentración nazis durante el Holocausto. Tras pasar todo, se lanza al vacío, quizás por arrepentimiento o redimir su perdón de esa manera, y queda tetrapléjico, debiendo permanecer encadenado a vivir tras el cristal de un pulmón artificial, del que no se puede mover, dejando al aire solo su cabeza.

Un dia, un chico entra en la casa familiar, marcada por la oscuridad, las cortinas echadas, las sombras, con el argumento de cuidarlo, expresando que es enfermero. Pero, someterá al médico a todo tipo de humillaciones y vejaciones, similares a las que él padeció. El hombre se da cuenta que se trata de uno de los niños de los que abusó durante el Holocausto nazi, en aquellos campos de la muerte, en los que, además, experimentaba con ellos.

El rostro del chaval permanece frío e impasible al asesinar a la esposa y mover su cadáver, haciendo creer a la hija, que su madre se ha marchado. Expresándole, también, que no va a necesitar más a su padre, a lo que la niña se resiste, por lo que intuímos que es capaz de hacer algo más escabroso con él

Aquellos abusos han provocado la monstruosidad de su rostro, de su forma de actuar. Rostro insensible que presenta, también, cuando mira a los ojos al señor, colocándose encima de él y ejecutando las mismas acciones que el minusválido cometió con él a su corta edad. Pero este gesto de mirarlo fijamente a los ojos, supone un enfrentamiento, quizás, intentando manifestar que ahora es él quien tiene el poder, repitiendo todas aquellas vejaciones que padeció en su infancia, que quedaron grabadas en su mente, marcándolo de por vida. Esperando el día de su mayoría de edad, para perpetrar su venganza y provocarle todo tipo de sufrimientos, sin piedad. Le muestra esa autoridad, esa superioridad, ese control que un día sintió por su parte, a pesar de tener ahora menos edad que él, ahora es él quien domina. Su rostro es enfatizado mediante planos cortos con angulación en contrapicado, para remarcar esa superioridad en la que se encuentra frente al médico. Ambos frente a frente, pero el muchacho abusa ahora del poder de mantenerse sobre un cuerpo, caminar, actuar por sí mismo, a diferencia del médico, postrado en esa cama, a merced de lo que quieran o puedan hacer con él. Valiéndose solo de su mirada, lo que sus ojos observan alrededor de esa habitación, de la que no puede salir.

Hacia la parte final, la historia se mezcla con recursos oníricos de la ficción, quizás un recuerdo, un flash back… Pero, lo más cruel e infame tiene que ver con unas imágenes, un momento en el que apreciamos que el médico pregunta al niño si quiere ganarse unas monedas, a lo que el pequeño responde afirmativamente, puede que por necesidad o miedo a cuestionar la autoridad. Tras lo que el adulto, le coge la cabeza y la coloca en la parte inferior de su cuerpo. Escena que, me he sentido incapaz de ver por completo, porque me ha tocado demasiado la fibra sensible y una serie de lágrimas me han comenzado a salir de los ojos, dicho sea de paso. Es una de esas escenas en las que una persona se pregunta cómo el ser humano puede llegar a ser tan ruín, despreciable, perverso… Una historia de ficción, sí, pero que vemos a menudo en casos de pedofilia, pederastia, tráfico de menores… o el nombre que se le quiera poner, la cuestión es que el abuso infantil sea del tipo que sea, es un acto en el que todos los calificativos se quedan escasos, por la envergadura y el trauma psicológico que ocasiona. Un individuo que comete tales acciones no puede denominarse ser humano, incluso, ni animal, porque hasta uno de ellos, como puede ser un perro, puede llegar a tener sentimientos hacia el ser humano.

Finalmente, observamos que un niño se sitúa en esa cama, postrado. Tal vez, intentando manifestar que aquellos abusos han provocado que se siga sintiendo un niño, un individuo incapaz de actuar por sí mismo, necesitando la ayuda de otros para su día a día. Escena que se entremezcla y se aleja dentro de una bola de cristal. Quizás, los abusos que ha cometido con el señor hayan sido solo un deseo de perpetrar su venganza desde esa parálisis en la que se encunetra. O tal vez, haya sucedido todo en esa casa y lo haya tomado como una guerra interior, una lucha consigo mismo, por haber consentido aquellos abusos y no haberse podido defender, por miedo a la autoridad y al mundo adulto, y haya querido torturar tanto al nombre como a sí mismo. En definitiva, tanto los abusos que cometieron con él y que él ahora ha repetido no le han servido para nada más que para hacerle sentir superior, pero realmente, ha podido quedar minusválido, sin movilidad, tanto física, sin poder actuar en primera persona por sentirse incapaz, a mercer de lo que hagan con él. Además de emocional, sintiéndose incapaz de poder pensar y sentir emociones, como lo haría una persona normal, que no haya sufrido ningún tipo de violencia ni abuso durante su infancia, un período que, como aquí apreciamos, marca para toda la vida.

Sin más, os adjunto el tráiler de la película, que se encuentra entera en Youtube, para los sensibles, la película entera va a suponer un mal trago.

 

El huevo de la serpiente de Ingmar Bergman

Película de Ingman Bergman, en la que hace su particular estilo del nacimiento del nazismo y los sufrimientos del Holocausto. Se introduce en el interior de sus personajes y extraer las circunstancias que expliquen su sufrimiento.  Basada en la Alemania de los años 20.

Según la visión de Bergman, la combinación destructora que engendraron el nazismo son: depresión económica y social, miedo, indiferencia ante la injusticia y fanático sueño de una sociedad y un hombre  perfectos.  A través de las palabras de Vergerus, se explica el porqué del título de la película: “Cualquiera puede ver el futuro, es como un huevo de serpiente. A través de la fina membrana se puede distinguir un reptil ya formado”. Título que nos hará reflexionar  acerca de su significado con el contenido de la película.

El tema de la grabación de Abel y Manuela en la casa, se puede comparar con los reality shows que tenemos presente en la televisión actual, donde prima el interés por conocer la vida de una persona en su rutina diaria para experimentar de alguna manera con sus actos y utilizarlos como cobayas humanas.

Este vídeo refleja algunas de las reflexiones que nos plantea el director ante esta historia. Recomendaría ver la película y que cada uno obtuviese sus propias reflexiones sobre la sociedad de este tiempo en este país y la comparase con la sociedad actual de nuestro país. Donde se podría apreciar un cambio de contexto histórico y geográfico, pero que en muchas cuestiones relativas a la política, la sociedad… siguen teniendo similitudes.

El huevo de la serpiente.